Comparto con felicidad la intervención del escritor y gran amigo Fernando Manzini en la presentación de furiarreciente, el sábado 19.

Alejandro Dolina dice que lo mejor que uno puede hacer cuando lo invitan a presentar un libro es no leerlo y hablar, en cambio, de vaguedades. Del compromiso del autor con la realidad contemporánea. De su impulso vanguardista. Del acierto en la elección del título. De lo bien puestas que están las comas. De esa manera, dice Dolina, nos aseguramos quedar bien con el autor sin la necesidad de haber gastado un solo minuto en la lectura de su obra. (Y, de paso, ganamos algo de tiempo libre para revisitar a Dante, repasar alguno de los diálogos del Quijote, o escuchar un buen tanguito.)

Creo que este consejo de Dolina es, más que una broma, una realidad. Se practica casi todo el tiempo, de forma deliberada o no, en las críticas de las diferentes artes. Basta tipear en Google el título de la última película, de la última novela, de la última obra de teatro para comprobarlo por nosotros mismos:

“Aguda crítica de la sociedad contemporánea.”

“Un triángulo amoroso que culminará en desastre.”

“Una batalla sin tregua entre la pasión y la razón.”

“Uso impecable del monólogo interior y del pretérito pluscuamperfecto.”

Vamos, esos críticos siguieron el consejo de Dolina: o no leyeron lo que debían leer, o se quedaron dormidos en medio de la película que debían mirar, o llegaron al teatro cuando las puertas ya estaban cerradas y entonces tuvieron que escribir algunas frases rápidas, tímidas, condescendientes, llenas de las etiquetas de siempre, con las palabras de siempre. (Y, de paso, ganaron algo de tiempo para empezar a ver esa serie de Netflix que tanto les recomendaron.)

No quiero ser malo, o en realidad sí quiero pero, al menos en este foro, no tengo ningún derecho a serlo: no soy poeta, no soy crítico literario, ni siquiera estoy del todo seguro de ser escritor y, además, es la primera vez en mi vida que participo en la presentación de un libro. Mi lectura es, seguramente, la peor de las lecturas, pero no quiero taparla o embellecerla con palabras que no sean mías; no quiero zafar de la responsabilidad que acepté acudiendo e las etiquetas de siempre, con las palabras de siempre. Se lo debo a la gentileza, a la amistad y sobre todo al gran trabajo de Sebastián. Se lo debo a mi propia honestidad.

Bien: furiarreciente no me pareció, en absoluto, un libro sencillo. En la mayoría de los casos no habla de lo que quiere hablar de un modo directo, sino a través de representaciones, de imágenes, de símbolos. El autor no es para nada condescendiente ni con el tema que trabaja ni con el lector, a quien le exige un gran esfuerzo articulatorio si desea apropiarse del texto.

Voy a dar como ejemplo el tránsito de mi propia lectura, que es casi todo lo que puedo hacer en esta presentación.

Antes de abrir el libro (porque resulta que lo imprimí: primer error), yo venía con ciertas concepciones previas, ciertas expectativas acerca de los poemas. A ver: en la tapa hay un gato sobre un fondo amarillo. El libro se llama Furia-Reciente. El subtítulo de las publicidades reza: poemas sobre los años del Gato. Yo me imaginaba un libro en donde la palabra Macri apareciera no menos de tres veces por verso, un libro en donde hubieran, por lo menos, 26 cacerolazos, 43 puteadas, un niño llorando porque su madre no le compró la PlayStation, otro niño llorando porque no encontró nada comestible en un container de San Telmo, un obrero furioso porque fue despedido, un periodista furioso porque fue despedido, un docente furioso porque su sueldo apenas le permite pagar el alquiler.

Pero no, nada de eso. El primer poema que leí (“Fardo”) me hablaba de un tal Muad’Dib, quien era considerado como el Kwisatz Haderach y lideró un imperio de doce años que dejó, supuestamente, una galaxia en ruinas.

Muy interesante, me dije. ¿Pero qué tendrá que ver esto con nuestra común furiarreciente? ¿Se trata acaso de un libro esquizofrénico, donde el tema está absolutamente divorciado de su contenido, o se trata de un libro simbólico donde el autor cifró algo que sí tiene que ver con nuestra realidad? Como conozco a Sebastián, supuse más bien lo segundo. Entonces, con bastante resistencia (lo confieso) me puse a pensar: … doce años… imperio… Busqué en Wikipedia a Muad’Dib y me enteré que era un personaje de la novela Duna, un revolucionario que había logrado llegar al poder. Después fui a la versión electrónica de furiarreciente, clickeé el link debajo del título del poema y me llevó a un titular de El País: “Mauricio Macri denuncia la herencia kirchnerista. Un informe del gobierno argentino denuncia el descalabro financiero y la falta de transparencia estatal”.

Recién ahí terminé de entender. El poema era una representación simbólica, ficcional, de la mirada del gobierno macrista sobre la herencia K. Tuve que recorrer todo ese camino para entenderlo, pero terminé sonriendo.

Sebastián había escrito un libro que obligue al lector a pensar por sí mismo, a ir más allá del texto, a asociar ideas,  buscar fuentes, interpretar misterios. Un libro cuyos poemas pueden leerse como poemas, pero también como representantes metafóricos de una realidad subyacente, y también como acertijos. Porque furiarreciente es, además, un libro de adivinanzas: ¿Qué significará la inclusión de Alicia en el poema “Caer”? ¿Y la de Ana Frank y Menguele en el poema “Unir”? ¿Qué significarán términos oscuros como Brundlefly, Dasein o Kwisatz Haderach? Las respuestas las debe buscar el lector, si no las sabe de antemano. En este sentido, furiarreciente es un libro que desafía continuamente la curiosidad intelectual.

No sólo intelectual, sino también perceptiva: en poemas como “Pozo”, por ejemplo, donde todas las palabras estás pegadas entre sí formando un mazacote solamente interrumpido por el vacío central de la página –el Pozo del título–, el desafío no solo es interpretativo, sino, antes que nada, visual. Otro tanto podría decirse de “Grieta”, largo poema desbordado y efervescente, sin signos de puntuación, en el cual los ojos del lector encontrarán un solo milisegundo de descanso en esa especie de relámpago trazado como eje vertical.

Me imagino a Sebastián escribiendo estos poemas con una sonrisa maliciosa, mirando como a través del papel con esa expresión que le vi tantas veces y diciendo, para sí mismo: “Te costará, querido lector, te costará. Comprenderás, pero deberás pensar por ti mismo. Disfrutarás, pero el placer de tu lectura tendrá el tamaño exacto de tu propio esfuerzo. Despabilaré toda tu modorra de lector fácil, se desperezará tu inteligencia, agitarán tus neuronas sus cabelleras dormidas y emergerá, de una vez y para siempre, el calor de tu propia voluntad”.

No sé por qué imagino a Sebastián hablando consigo mismo como Amado Nervo después del séptimo fernet, pero en fin.

Nobleza obliga: muchos poemas no necesitan de Wikipedia, ni de titulares de diarios, ni de diccionarios de ornitología, ni del uso de lupas de alto aumento para ser comprendidos. Esos poemas son –quizá por mi condición de lector cómodo– mis preferidos. Entre ellos está “Interés” (para mí el mejor de todos), un poema aritméticamente conmovedor que tiene uno de los mejores comienzos que leeré jamás.

no es el Uno primordial ni la dualidad
del hombre ni las múltiples trinidades ni
las cuatro puntas del mundo
ni las cinco edades ni los huevos bien envueltos
mucho menos las siete plagas o pecados

ALUA 11,100 +1,37 % 14.692.461

son otros los números que mueven
la Patria

Otro de los poemas que le habló directamente a mi cuerpo es “Correr”, especie de cortometraje apocalíptico donde todo se va lejos, las letras, las vacas, los zapatos, los cigarrillos, los abortos. Todo corre y corre muy lejos de nosotros hasta dejarnos solos “habitantes de un desierto atónito”.

Finalmente, otro poema que, al menos para nosotros, no necesita traducción es “Dónde?”, la pregunta reiterada y siempre renovada por Santiago Maldonado, y que empieza así:

dónde está Santiago? dónde
la dignidad del funcionario y la premura
ante el mal paso? dónde el respeto? dónde la
vergüenza y el amor? dónde quedó
la verdad y quién la sabe? cuándo aparece
la explicación, la luz, la que aunque duela
alumbra y ensancha? (…)

Un poema que me hace acordar a lo que una vez dijo Tomás Abraham sobre Artaud: “Mete púa en el dolor y saca fuerza para escribir; mete púa en el dolor y saca fuerza para escribir”.

Sebastián Lalaurette escribió un libro loco, heterogéneo, desafiante, original. Un libro que nos conmina a articular nuestro pasado con nuestro presente, a examinar los discursos del último gobierno, a sublimar nuestro dolor hasta convertirlo en una experiencia estética. Porque furiarreciente es poesía y la poesía, más allá de sus temas, es la búsqueda de la belleza a través de las palabras.

Deseo que este libro tenga los lectores que se merece.

Deseo que Sebastián siga escribiendo. Más que nunca, lo necesitamos.