Es muy probable que sea Wilfred Owen el poeta que mejor y más crudamente retrató los horrores de la guerra. Y entre todo sus poemas es muy probable que el más famoso sea “Dulce et decorum est”, cuyo título en latín hace referencia a las Odas de Horacio y a la idea de que es “dulce y decoroso” morir por la propia patria (la cita completa remata el texto, puesta explícitamente en cuestión).

Testigo directo de los horrores de la Primera Guerra Mundial, Owen produjo toda la obra por la que es conocido entre 1917 y 1918, basado en sus experiencias en el frente.

El borrador más antiguo de “Dulce et decorum est” data del 8 de octubre de 1917, hace exactamente un siglo. Releerlo hoy es descorazonador, no sólo porque sabemos que en esa centuria acechaban horrores aun más atroces, sino porque hoy el mundo parece muy lejos de alcanzar cualquier cosa parecida a una paz duradera.

Aquí una traducción del poema al español y aquí la versión en inglés.

Otro de sus poemas más conocidos, igualmente brutal, es el “Himno a la juventud condenada”:

¿Doblarán las campanas por aquellos que mueren como ganado?
Sólo la rabia monstruosa de los cañones
el rápido tartamudeo de los fusiles
pueden rezarles una breve plegaria.

Para ellos, no más ceremonias, oraciones ni campanas
ni voces de luto o salvas en coros,
Sólo el agudo, rabioso gemido de coros de obuses
y clarines llamándolos desde dolientes condados.

¿Qué candelabros pueden encenderse para ellos?
No en sus manos de niños sino en sus ojos
brillará la sagrada luz de los adioses.

La pálida mirada de las muchachas serán sus mortajas;
Sus ofrendas, la ternura de dolidos recuerdos
y cada lento atardecer se inclinará ante sus memorias.

Aquí el original en la lengua del Bardo.

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