Hay dos clases de dificultades: las que te hacen putear y las que disfrutás. La horriblemente difícil determinación de los premios del Concurso Diagonal de Literatura, que entregamos el viernes pasado en el Pasaje Dardo Rocha en una ceremonia cortita y al pie, fue de las últimas. Una dificultad por abundancia y no por carencia: había tanto buen material entre los textos presentados, mucho más que lo que yo esperaba en un primer momento, que la elección fue necesariamente dolorosa. Imagino que Martín de Souza y Claudia Baldoni, los otros dos miembros del jurado, habrán sentido lo mismo pero, claro, yo hablo por mí.

Me quedo con la certeza de que premiamos a verdaderos talentos y les dimos una posibilidad de hacer conocer su obra que quién sabe si hubieran tenido de otra manera. Recibir un premio por tu talento es una forma de la felicidad; premiar a gente que lo merece es otra.

Natalia Romero se alzó con el primer premio en cuento por La forma del fuego, un texto de registro casi poético, punteado de hallazgos y con un final muy efectivo. La siguió José Daniel Rodríguez Pineda con Formalidad en azul, una narración de impecable ubicación en la escena y en la cabeza del personaje, bella y tremenda a la vez. Tercer premio para Juan Emilio Candina cuyo cuento, Cuaderno nuevo, resulta muy eficaz porque transcurre en una atmósfera perfectamente lograda que sumerge al lector en la historia como en una buena película.

En poesía el primer premio lo ganó Pablo Gungolo con La educación sentimental, título colectivo de una serie de poemas en los que la historia personal adquiere una densidad casi épica. En segundo lugar quedó Fernanda Mugica con los poemas recogidos bajo el título de Damascos en los que se aprecia un experto juego sobre la materialidad de los versos para dar forma a ideas elusivas. Marcela Minakowski, ganadora del tercer premio con Poemas del padre, regala poemas entrañables, de notable cercanía, siempre en clave intimista pero entregando también un atisbo del padre ubicado en el contexto social.

Aquí, dos fotitos que me muestran en la ceremonia, pegándome a gente talentosa para ver si se me contagia. En una de ellas comparto cuadro, pero no foco, con Souza y Baldoni; en la otra se me ve con las poetas Sandra Cornejo (que tanto ha hecho por la poesía platense) y Fernanda Mugica (una de las premiadas).

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A todos los que no recibieron premios ni menciones les digo que puede ser que estén entre los que lo merecían pero no entraron y que sigan participando. A los que enviaron su material sin cumplir con las bases les informo que ya era bastante difícil armar la lista de premiados antes de tener que empezar a bajarlos por no reunir las condiciones (les sugiero además que recen por sus almas, ya que les lanzamos maldiciones varias y dicen los que saben que las maldiciones se contrarrestan con bendiciones). A los que dejaron sus cuentos por la mitad para no excederse en la extensión les advierto que ese truco no funciona y que lo que hicieron es como concebir a un chico hermoso y abortarlo a los ocho meses y medio. A los que creen que toda narración debe iniciarse con el protagonista despertando y desarrollando sus rituales matutinos les cuento que elegir por dónde empezar a contar la historia es el 37% del trabajo de un escritor; aflojen con la vagancia si quieren que consideremos el otro 63%. (¡Pero en mi caso se justifica, Lalaurette! No.) A los que albergan sospechas sobre los concursos literarios les cuento que yo también, pero que haber sido jurado en éste me permite afirmar que existen concursos en que la selección es honesta, rigurosa, esforzada, y dirigida a lograr el mejor resultado: un libro que nos haga sentir orgullosos a todos.

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